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El despertador hace bien su trabajo al indicar esta mañana en punto de las 6:00 am, tuve ganas de caminar, es un otoño inusual, Hoy 10 de octubre cumpliría 30 años, las hojas de los arboles caen lentamente como arrulladas por el viento meciéndolas de un lado a otro; por las calles ya se nota el bullicio, el desparpajo y la premonición de una tarde lluviosa, recorrí el parque como todas las mañanas, ¿alguna ves has visto la gente pegada a los Arboles? es como si desearan mimetizarse y convertirse en uno de ellos con raíces fuertes y copas frondosas, pero no así en esta época del año. Fui a mi banca habitual, la que está justo frente a la estatua de un ángel, había niños corriendo a la escuela, cerré los ojos y procure mirar el mundo atreves de mis oídos, intuyendo los pasos, los graznidos de los gansos del lago, la gente presurosa y a lo lejos un voceador enloquecido anunciaba el fin del mundo, era Agosto de 1985.
Una brisa ligera, tibia, maternal, me hizo recordar el aliento de mi madre cuando acercaba su bello rostro, con el cabello recogido para cantar esa melodía antes de dormir, sacaba de su bolsillo un rosario que sujetaba y oraba en un idioma extraño ese ritual concluía con su bendición, un beso en mi frente y una caricia en mi cabeza con sus manos firmes, ásperas, femeninas, de una madre, de una mujer. ¿Tuve una infancia Feliz? no lo recuerdo bien, ¿Por este recuerdo supongo que así habrá sido?, en aquel momento cerraba los ojos y fingía dormir, lo cierto es que, me asustaban la palabras del ”adivinador” del vecindario; ¿El fin del mundo? no lo creo solo tengo 6 años, lo cierto es que llevaba semanas desquiciando a los vecinos con sus locuras, siempre más intenso cada día y cada noche.
